Reflexión
Entre lo que ocurre y cómo respondemos
La última libertad humana es elegir la actitud ante cualquier circunstancia.Viktor Frankl
Hay circunstancias que no elegimos. Una decisión organizacional que nos afecta. Una relación que se tensiona. Una conversación que no salió como esperábamos. Un cambio profesional que llegó antes de tiempo. Una pérdida, una presión económica, una meta que parece alejarse, o simplemente un período en el que aquello que antes nos servía deja de hacerlo.
Frente a esas situaciones solemos concentrar gran parte de nuestra energía en modificar lo que está ocurriendo. Y tiene sentido: hay problemas que necesitan acciones, decisiones y soluciones concretas.
Pero hay otra dimensión que muchas veces dejamos fuera: desde dónde estamos respondiendo a aquello que nos ocurre. Ahí encuentro una de las ideas más profundas de la frase de Frankl.
No se trata de afirmar que podemos controlar todo lo que vivimos. Tampoco de convertir la actitud en una especie de pensamiento positivo capaz de borrar la dificultad. Hay situaciones dolorosas, injustas o simplemente complejas que continúan siendo lo que son, independientemente de nuestra disposición frente a ellas.
La libertad aparece en otro lugar: en la posibilidad de observar la respuesta automática y preguntarnos si queremos seguir actuando desde ahí.
El automático también decide
Ante una amenaza podemos cerrarnos. Frente a la incertidumbre podemos intentar controlarlo todo. Cuando sentimos que nuestra autoridad está en juego podemos endurecernos. Si algo nos produce miedo, podemos evitar la conversación. Cuando estamos cansados, podemos volvernos menos curiosos y más categóricos.
Todo eso es profundamente humano. El problema comienza cuando confundimos esa primera reacción con la única respuesta posible.
En mi trabajo como coach, una parte importante del proceso ocurre precisamente en ese espacio. No en decirle a una persona qué debería hacer, sino en ayudarla a observar desde dónde está mirando una situación.
¿Qué interpretación estoy dando por cierta?
¿Qué emoción está organizando mi manera de actuar?
¿Qué estoy intentando proteger?
¿Qué conversación estoy evitando?
¿Qué posibilidades no puedo ver mientras permanezco en esta posición?
A veces nada ha cambiado todavía afuera. Y, sin embargo, cuando cambia el lugar desde el que una persona observa, comienza a cambiar también aquello que puede hacer. Eso es mucho más que tener una buena actitud.
Una actitud abre y cierra posibilidades
Lo vemos con claridad en liderazgo. Un líder entra a una reunión desde la rigidez y el equipo aprende rápidamente a protegerse. Entra desde la ansiedad y acelera el sistema. Entra creyendo que necesita tener todas las respuestas y probablemente disminuya la capacidad de pensar de quienes están alrededor.
Pero también puede entrar reconociendo que no sabe. Puede escuchar antes de defender. Puede sostener la tensión sin transformarla inmediatamente en urgencia. Puede preguntar qué estamos aprendiendo de esto, qué todavía no estamos viendo, qué necesitamos cuidar mientras intentamos resolverlo.
La circunstancia puede seguir siendo difícil. El presupuesto continúa siendo limitado, el mercado continúa incierto, la conversación continúa siendo incómoda. Pero la situación ya no es exactamente la misma, porque cambió la manera en que estamos habitándola. Y desde ahí pueden aparecer conversaciones y acciones que antes no eran posibles.
Elegir no siempre significa sentirse distinto
Elegir nuestra actitud no significa necesariamente conseguir que desaparezca el miedo, la tristeza, la frustración o la incertidumbre.
Podemos tener miedo y actuar con coraje.
Podemos estar confundidos y mantenernos curiosos.
Podemos sentir rabia y decidir no dañar la relación.
Podemos atravesar incertidumbre y, aun así, sostener presencia.
Por eso, para mí, la elección no ocurre necesariamente en lo que sentimos. Muchas veces ocurre en qué hacemos con aquello que sentimos. Y ahí aparece el autoliderazgo: antes de intentar conducir a otros, necesitamos desarrollar alguna capacidad para reconocer qué nos está conduciendo a nosotros.
Una de las posibilidades del coaching
Desde esta perspectiva, el coaching no consiste en entregar respuestas mejores a los problemas de una persona. Consiste, muchas veces, en ampliar el lugar desde donde esa persona puede responder: crear un espacio para detener el automático, observar, nombrar aquello que está ocurriendo, cuestionar certezas, reconocer alternativas y elegir una acción que tenga mayor coherencia con lo que verdaderamente queremos cuidar y construir.
No siempre podemos elegir las circunstancias. Pero podemos desarrollar mayor libertad respecto de la manera en que las interpretamos y de las acciones que construimos frente a ellas. Y a veces ese pequeño movimiento interior termina modificando también la trayectoria de lo que ocurre afuera.
Frente a aquello que hoy no puedes cambiar, ¿desde dónde estás eligiendo responder?